Mientras tanto, los descendientes de los que emigraron fundando Rincón Chamula —unas 1,200 almas que conservan sus costumbres ancestrales— siguen preguntando, cuando conversan con los de Chamula, si todavía están disgustados con ellos por lo que sucedió en aquellos tiempos de sangre.
Y en algún rincón de Chiapas, un niño llamado «El Chamulita» —que nació en el rancho Esquipula mientras su madre huía de Panthelo en septiembre de 1911— debe haber crecido con una historia que los libros oficiales no supieron contar.
Porque la historia oficial, la que se escribe con tinta y no con sangre, suele olvidar que los pájaros también dejan huella cuando vuelan bajo, muy bajo, rozando el suelo de los que nunca aparecen en los decretos.
Con la mirada de quienes hablan desde abajo.
Tan tan …
La caída del pajarito
Después de la derrota, Jacinto perdió prestigio entre sus antiguos partidarios. Un enemigo surgió en su propia tierra: Mariano Pérez «Mechij», que aspiraba a ser líder de los chamulas. Como no había participado en la lucha armada, la derrota de Jacinto le vino como regalo del cielo.
«Mechij» salió de Chamula con unos ochocientos indígenas y se dirigió a los parajes tzotziles donde había seguidores de Jacinto: Yaltem, Taquitetic, Yalchitón, Yutósil y Yalvanté. Los distribuyeron a ocho o diez metros uno de otro, abarcando más de cuatro kilómetros. Revisaron casa por casa.
Cuando encontraban a un chamula escondido en el zacatonal, un golpe de shaguaste le quitaba la vida. Los que huían eran orientados con gritos en tzotzil: «Leé bate, leé bate» —allá va, allá va—. Los que tenían escopeta apuntaban y disparaban. Si la víctima caía con vida, la remataban a pedradas o a golpes.
Algunos buscaron refugio en las ramas de los árboles. Otros en zanjones. No se salvaron ni las mujeres ni los niños. Se calcula que no fueron menos de veinticinco víctimas.
Los que pudieron escapar emigraron y fundaron un pequeño pueblo llamado Rincón Chamula, casi a cien kilómetros de su tierra. Se llevaron un Niño Dios de la iglesia de Chamula. Lo conservan con profunda veneración hasta hoy.
El regreso de Pajarito.
Desde principios de 1912 hasta los primeros días de octubre de 1914, la vida de Jacinto fue tranquila. Vivía con Verónica Sánchez, su última mujer. De su unión nacieron tres hijos varones. El menor, que hoy tendría más de setenta años, se llama Jacinto Pérez Córdoba. Dice: «No soy Pérez Pajarito, porque ‘Pajarito’ es un apodo, sino que soy Pérez Córdoba».
La Revolución, que inició con el Plan de Guadalupe el 26 de marzo de 1913, llegó a Chiapas en septiembre de 1914. El 8 de ese mes, el general Jesús Agustín Castro tomó posesión de Arriaga. El 23 de septiembre de 1914, parte de sus fuerzas llegó a San Cristóbal.
Los militares carrancistas recibieron informes de que Jacinto constituía un peligro. Decían que podía encabezar una «guerra de castas», como las de 1712 y 1869. Un grupo de chamulas llegó a San Cristóbal y presentó al general Juan Jiménez Méndez unos bultos que, al vaciarlos, resultaron ser calaveras. Afirmaron que eran víctimas de Jacinto y de su yerno Salvador Saavedra.
Verónica Sánchez siempre aseguró que esas calaveras eran de indígenas que murieron de vejez o enfermedad. Que los enemigos de Jacinto las habían hecho aparecer como prueba de crímenes.
La determinación de los militares fue una sola: suprimir al líder chamula.
Jacinto no podía desconfiar. Creía que los carrancistas habían traído la igualdad de derechos entre ricos y pobres, indígenas y ladinos. Sabía que iban a dotar de tierras a quien no las tuviera. Creía que una época de ayuda al pobre, y muy especialmente al indígena, estaba comenzando.
Así debió pensar aquel día de octubre de 1914 cuando, acompañado de varios indígenas, descendió de sus altas y boscosas tierras, pasó por San Cristóbal y llegó a la finca «San Nicolás», inmediata a la ciudad. Había ido a comprar dos toros para las fiestas de Todos los Santos y Día de Muertos.
Precisamente estaba destazando la primera res cuando se presentó el capitán González al frente de un piquete de tropa. Lo aprehendió junto con sus compañeros. Dijo que Pérez ‘Pajarito’ era un bandido y una amenaza para la sociedad.
Fueron conducidos a la cárcel pública que ocupaba el interior de la planta baja del exconvento dominicano, contiguo a la iglesia de Santo Domingo. El juez penal, licenciado Lauro Castro Santiago, recibió orden del gobernador y comandante militar, general Jesús Agustín Castro, de juzgarlo.
La amnistía de 1911 dejaba a salvo los delitos comunes. Y en la cárcel de Chamula, durante el mando de Jacinto y Salvador, había ocurrido algo que no se podía borrar: paredes completamente ensangrentadas a una altura de poco más o menos ochenta centímetros, con tanta sangre que parecía pintura roja. Víctimas golpeadas y lastimadas se reclinaban en la pared, impregnándola lentamente. Después de crueles castigos, los mandaban matar y los cadáveres eran arrojados a una mina cercana a la Laguna de Chamula.
La sentencia fue pena de muerte.
La noche del 21 de octubre de 1914, don Pedro Trejo Espinosa cerró su comercio frente al lado sur del Palacio Municipal. Estaba jugando baraja con amigos. Cuando el reloj público estaba por dar las doce, dijo que se iba.
—¿Por qué no sigues jugando?
—Por la mañana fusilan al Pajarito y quiero presenciar ese fusilamiento.
Salió con sus amigos. Abrió su paraguas —llovía— y caminó bajo la lluvia hacia su casa. Pero jamás se imaginó que él dejaría este mundo antes que Jacinto. Al llegar a las puertas de su domicilio, le dieron en la espalda una puñalada que le produjo la muerte inmediata.
Las gruesas gotas de lluvia sobre el paraguas abierto produjeron sonidos que intrigaron a sus parientes. Cuando abrieron, encontraron en la banqueta el cuerpo sin vida de don Pedro Trejo Espinosa.
Ese lamentoable suceso sirve para conocer la fecha exacta del fusilamiento de Jacinto: 22 de octubre de 1914. No aparece en el Libro de Inhumaciones del panteón municipal ni en el de defunciones del juzgado del estado civil de San Cristóbal. Pero sí figura la muerte de Trejo Espinosa, la de don Ambrosio Villafuerte y la del niño Alonso Clab. Los restos del jefe indígena quedaron en un ángulo del panteón.
El pájaro caido.
El 22 de octubre de 1914, a las nueve de la mañana, por órdenes del general Jiménez Méndez, fueron conducidos los presos del exconvento al panteón. Un triste desfile que presenciaron muchos curiosos coletos. Bajaron por la calle Real de la Merced —hoy avenida Diego de Mazariegos— después de pasar el «Puente Blanco».
A Jacinto ‘Pajarito’ y a varios de sus compañeros les hicieron cargar sobre sus hombros unos adobes que encontraban junto al camino. Los curiosos que iban detrás no imaginaron que esos adobes servirían para levantar más la tierra que cubriría los restos mortales del líder.
Al llegar al panteón, solo entraron Jacinto, el capitán González y el pelotón de fusilamiento, formado por cinco soldados. Sus compañeros fueron llevados hasta allí para que presenciaran su muerte. Entre ellos estaba un hijo de Jacinto. Desde el otro lado de un alambre, a unos treinta metros, podían verlo todo.
Jacinto cavó su fosa. El capitán le señaló el lugar, a la derecha de la antigua puerta de entrada. Momentos antes de formar el pelotón, Jacinto le habló al capitán González. Le preguntó si no habría forma de evitar su muerte. El oficial respondió que no, insistiendo en que Jacinto era un peligro.
Entonces Jacinto se convenció de que nadie escucharía sus palabras. Se puso a rezar oraciones cristianas. Terminadas éstas, también le rezó al sol, probablemente pidiendo el perdón de sus culpas, con esa mezcla de virilidad y niñez que se nota en los indígenas.
El capitán González le vendó los ojos. Jacinto, sin pronunciar palabra, se quitó la venda. El capitán se la volvió a poner y se fue al lado del pelotón. Mientras tanto, Jacinto había permanecido inmóvil. En el preciso momento en que levantaba la mano derecha para quitarse la venda de nuevo, el capitán bajó su espada y sonaron los disparos.
Recibió la descarga de las cinco armas. Una de las balas le atravesó la mano que había levantado. Se estaba desangrando espantosamente, pero continuaba con vida, revolcándose junto a la recién cavada fosa, diciendo con voz ronca, aunque clara: «Agua, agua».
En esos terribles momentos, el juez penal Castro Santiago indicó al capitán que le diera el tiro de gracia. Pero tampoco con ese disparo murió el valiente jefe. Fue necesaria una bala más para que la vida escapara de aquel cuerpo, que se sepultó en la fosa que la víctima misma había abierto minutos antes.
Cuando se retiraron los militares, los coletos y los indígenas ya en libertad, la justicia humana se había consumado. Un pequeño levantamiento del terreno indicaba el lugar en que habían sepultado a Jacinto.
La marcha a San Cristóbal
El 2 de octubre de 1911, Salvador ordenó preparar a las tropas. Les cobró a los prisioneros dos reales cada uno —veinticinco centavos— para «comprar pólvora». De los $7.50 que lograron reunir, pagaron su propia extorsión.
Doscientos chamulas formaron un cuadro alrededor de los prisioneros. Les ofrecieron chicha a centavo el jarrito. Los prisioneros bebieron ansiosamente: hacía casi tres días que la mayoría no probaba alimento.
Salieron de Chamula pasadas las ocho de la mañana. Llegaron a San Cristóbal a las diez, entrando por el barrio de San Ramón. Los vecinos salieron de sus casas y les obsequiaron alimentos y vasos de atole.
En la esquina surponiente de la plaza principal estaba «La Sorpresa», el negocio de Juan Espinosa Torres, jefe del movimiento armado. Él los recibió con cariño y les dijo: «Denle gracias a Dios que se encuentran vivos todavía. Yo les aconsejo que manden traer pronto a sus familias».
Mientras hablaba, los chamulas no se retiraban. Entonces Espinosa Torres les dijo a los prisioneros: «Van a conducirlos al cuartel, pero ustedes ya están libres. Únicamente quiero que los indios vean que ustedes siguen presos, aunque yo les repito que ya están libres».
Y así fue. Los indígenas se fueron satisfechos. Los prisioneros salieron del cuartel en completa libertad.
Los que no olvidan
El 10 de octubre de 1911, en Chiapilla, hubo un combate entre fuerzas coletas y conejas. Las primeras fueron derrotadas. Varios chamulas fueron hechos prisioneros.
Entonces ocurrió algo que el general Eduardo Paz describiría con estas palabras: «Sensible fue el que pasó en Chiapilla, ordenando un acto cruel con los prisioneros, y si por pasión tal hecho causó hasta hilaridad entre algunos, tomando el caso como una muchachada».
Decidieron desorejar a los chamulas. El argumento, según Luis Espinosa en su libro Rastros de Sangre, era que «para los chamulas, semisalvajes todos ellos, se necesitaba un castigo que estuviera en armonía con sus rudimentarios sentimientos». Otro argumento: que el desorejamiento era «el medio más eficaz para que los chamulas aprendieran a respetar a las autoridades».
La mañana siguiente al combate, los indígenas fueron sentados en la orilla de la banqueta. Con un cuchillo, una persona les fue quitando las orejas, mientras les impedía mover la cabeza tirando fuertemente de sus cabellos. Las víctimas no se opusieron. Sin quejarse ni manifestar dolor, sufrieron estoicamente la pena. Al cortarles la segunda oreja, quedaban libres para volver a su pueblo.
El autor de la tortura fue Agustín Castillo Corzo, quien ensartó los apéndices auditivos en un alambre y los enseñaba gustosamente a los curiosos.
Según el semanario La Voz de Chiapas, número 39 del 15 de octubre de 1911, fueron trece los desorejados, y cuatro de ellos llegaron a San Cristóbal.
Para Jacinto Pérez, que había llevado a esos hombres a la lucha, aquel salvaje desorejamiento debió causar un terrible impacto.
Tratado de paz
El 13 de octubre de 1911, en «La Comunidad», municipio de Chiapa de Corzo, las comisiones de ambos bandos firmaron los Tratados de Paz. Representando al gobierno del estado estuvieron los señores César Castellanos, Domingo Chanona y Lisandro López. Por San Cristóbal, los licenciados Alfredo AguiJar, Onofre Ramos y Manuel Escandón. También estuvieron presentes el general Eduardo Paz, su ayudante Ernesto Robert, y el licenciado Agustín Farrera, invitado por instrucciones del propio presidente de la República, Francisco León de la Barra.
Se acordó reconocer al gobernante constituido con residencia en Tuxtla. Se licenciaría y desarmaría el batallón «Hijos de Tuxtla» y las fuerzas de Juan Espinosa Torres.
Dos días después, el gobernador Manuel Rovelo Argüello expidió un decreto de amnistía. Dejaba a salvo, sin embargo, «el ejercicio de los derechos y acciones civiles y penales por los delitos del orden común» cometidos durante el movimiento sedicioso. Esa reserva legal condenaría a Jacinto.
El desfile de los gigantes
El 5 de julio de 1911, el gobernador interino Reynaldo Gordillo León presentó su renuncia. El Congreso nombró al doctor Policarpo Rueda. Este hombre entró a San Cristóbal el 15 de julio de ese año, y los coletos organizaron una demostración de fuerza. Con la ayuda de Jacinto Pérez, llegaron de Chamula aproximadamente diez mil indígenas.
Caminaban formados de ocho en fondo. Iba al frente un chamula gigantesco, de unos 20 años, vestido de negro, acompañado de dos enanos. Según la señorita Angelina Paniagua Montes de Oca, aquel indígena era tan corpulento que «alcanzaba el alto que daría un indio parado sobre los hombros de otro». Cuando quisieron retratarlos, los enanos se quedaron quietos; el gigante, al oír la cámara, saltó hacia atrás y se agazapó como buscando salvarse de un peligro desconocido. Nunca más volvió a San Cristóbal.
Hubo quien quiso hacer creer que aquel gigante era Jacinto ‘Pajarito’. Era mentira, claro. Pero en la política, las mentiras tienen patas más largas que la verdad.
El duelo que no se realizó.
El 15 de septiembre de 1911, Juan Espinosa Torres, jefe de las fuerzas de San Cristóbal, envió un ultimátum al gobernador. Desde Tuxtla se reorganizó el batallón «Hijos de Tuxtla». La guerra fraticida era inevitable.
En medio de todo, Belisario Domínguez —el hombre que años después sería el héroe civil más grande de México— envió un telegrama a Espinosa Torres. No aceptó unirse a la rebeldía. Y propuso algo increíble: un duelo. Dos pistolas idénticas, una cargada y otra no. Cada uno aplicaría su arma en la frente del otro. Si Espinosa caía, los poderes se quedarían en Tuxtla. Si caía Domínguez, en San Cristóbal. Espinosa Torres no respondió.
Quizá los fatalistas dirían que la vida de Domínguez no debía cortarse en un duelo, porque faltaba que dejara escrito su nombre junto a los héroes, dando un ejemplo luminoso de civismo con su comportamiento ante el nefasto Victoriano Huerta.
En septiembre de 1911, las fuerzas coletas —con Jacinto Pérez y mil chamulas— partieron hacia Ixtapa, río de la sal. Allí ocurrieron dos asesinatos que mancharon la rebelión.
Don Francisco Liévano fue engañado. Un indígena ixtapaneco, Rosalío, su ahijado, lo esperó con un machete. Cuando Liévano le tocó el codo para preguntarle qué pasaba, Rosalío le asestó un machetazo que casi lo decapitó. Un estertor. El golpe seco del cadáver en el suelo. Nadie dijo nada.
Don Moisés Espinosa corrió hacia la casa de Isidro Gutiérrez, donde se alojaban los tenientes coroneles Aguilar. No llegó. A veinte metros de la salvación, un indígena llamado Rosendo levantó su escopeta y le disparó por la espalda.
El lunes 18 de septiembre de 1911, Ixtapa aprendió que en las guerras de hermanos no hay vencedores limpios.
Cuando los chamulas vieron el primer muerto —vestido con un sombrero negro que los confundió—, lo examinaron. Al ver que era ladino, dijeron: «No es de nosotros, es… caciquista», y le dieron unos lanzazos por si aún no estaba muerto.
El Pueblo de Panthelo
La mañana del 28 de septiembre de 1911, el pueblo de Panthelo —apenas setenta u ochenta casas de ladinos— respiraba miedo. Corrían rumores de que los chamulas llegarían a posesionarse del lugar. Muchas familias habían huido a los ranchos cercanos.
A eso de las once, aparecieron 1,200 indígenas chamulas, guiados por unos 50 o 60 catarineros del propio pueblo. Llegaron en silencio, por el camino del panteón. Rodearon el pueblo y penetraron por diferentes lados. Al frente de cada grupo iba un indígena de Panthelo.
Don Eugenio Montoya montó a caballo para encontrarlos. Los chamulas lo obligaron a regresar sin haber logrado nada. Pero su gesto permitió que dos grupos de ladinos escaparan: uno por San Fernando y otro por la finca San Antonio.
En el arroyo de «Sivalucum«, los ladinos que huían se prepararon para defenderse. Divididos en dos grupos, armados con escopetas y pistolas, esperaron. Pero cuando llegaron los chamulas, Domingo Saavedra —hermano del coronel Salvador y jefe de la columna— gritó: «No tiren, pues si hacen otro tiro todos van a morir. Nosotros no venimos a matar». Los ladinos de Panthelo se rindieron.
Los prisioneros del corazón grande.
Domingo Saavedra era distinto a su hermano. Mientras Salvador sería recordado como un hombre peligroso de malos sentimientos, Domingo tenía un corazón que no le cabía en el pecho. Condujo a los prisioneros al rancho «Dolores». Allí pasaron la noche bajo centinelas.
Al día siguiente, en Chamula, donde se celebraba la fiesta de la Virgen del Rosario, Domingo advirtió a los prisioneros: cuando su hermano Salvador les preguntara si los habían tratado bien, debían decir que no, que los habían maltratado. «Porque si tienen frases de agradecimiento para mí, es posible que maten a todos, empezando conmigo». Y añadió: «Si me tienen gratitud en su corazón, ya Dios lo sabrá».
Cuando Salvador Saavedra recibió a los prisioneros, el ambiente cambió. Era un hombre violento. En la plaza frente a la iglesia, donde los chamulas celebraban la fiesta, Salvador gritó: «¡Viva Madero! ¡Mueran los rabasistas!». Y empezó a disparar su pistola, imitado por nueve jefes indígenas. Cientos de escopetas dispararon al aire. Los prisioneros, formados en línea, sintieron caer sobre sus hombros y cabezas abundantes trozos quemados de hebras de pita.
Salvador y sus nueve hombres manejaron los machetes a escasos centímetros de los rostros de los prisioneros. Gritaban: «Rabasistas, ahora van a morir, porque a todos los ladinos se los va a llevar la chingada».
En un momento, un machete cortó el ala del sombrero del profesor Juan Narváez. El sombrero cayó. Los diez indígenas se precipitaron sobre la prenda. Los machetes brillaron con rapidez fulminante. En segundos, el sombrero quedó convertido en trocitos. Ni una sola vez los filos chocaron entre sí: eran manejados por manos hábiles..
Los prisioneros pensaron que morirían. Pero no. Los llevaron a la cárcel.
El matadero de Chamula
En esa misma prisión había veintiún chamulas encarcelados por no haberse presentado ante Salvador. Diecinueve estaban heridos. Uno agonizaba: tenía un garrotazo en la frente que le reventó el ojo izquierdo, la nariz rota, la cabeza destrozada por otro golpe, la mano derecha completamente quebrada. Murió veinte minutos después de que entraran los ladinos.
Llegó el grupo de Salvador. Abrió la reja y llamó a Martín López. Le preguntó por qué no se había presentado. Martín, con voz temblorosa, dijo que no estaba cuando fueron a llamarlo.
«A los guapos así los quiero ver», respondió Salvador. Y levantando el «shaguaste», le asestó un tremendo garrotazo en la frente. En ese mismo instante, otro indígena le dio un segundo golpe. Martín cayó muerto.
El grupo de diez se precipitó sobre el cadáver y lo golpearon ferozmente. Cuando terminaron, Salvador se acercó a la viuda de Martín —que llevaba a su pequeño hijo a cuestas— y le dijo: «Ahí está tu marido, ahí está el guapo, mira lo que alcanzan los guapos».
La mujer no respondió. Solo le corrían lágrimas sobre el semblante cobrizo. Arrastró el cuerpo de su marido hasta alejarlo de aquel siniestro lugar, donde tan solo quedaba un charco de sangre.
Entonces Salvador le pidió seis reales para comprar pólvora. La viuda sacó su «chuib» —la bolsita de gamuza que colgaba de su cuello—, contó las monedas, le entregó los seis reales, y sin voltear a ver al asesino, comenzó a rezar.
La ciudad que ya no era capital
San Cristóbal de las Casas había sido fundada el 31 de marzo de 1528 por Diego de Mazariegos. Durante 364 años fue la capital de Chiapas. Se enriqueció con esculturas que decían eran de las mejores de América. Tuvo un seminario desde 1678 y, el 8 de febrero de 1826, nació allí la Universidad Nacional del Estado Libre y Soberano de las Chiapas. El 18 de mayo de 1828 se fundó la primera Escuela Normal de América.
Pero el 1º de junio de 1892, el gobernador Emilio Rabasa firmó un decreto: los poderes se trasladaban, provisionalmente, a Tuxtla Gutiérrez. El 11 de agosto de ese mismo año, por decreto número 8, Tuxtla se convirtió en capital definitiva.
San Cristóbal quedó herida. Y las heridas de las ciudades, como las de las personas, no siempre cicatrizan en silencio.
La revolución que encabezó Francisco I. Madero en 1910 sacudió todo. En Chiapas, el gobernador porfirista Ramón Rabasa renunció. Llegó Manuel de Trejo, que renunció. Luego el ingeniero Reynaldo Gordillo León, el 26 de junio de 1911. Pero casi al mismo tiempo, el 3 de julio de 1911, en sesión extraordinaria, el pueblo de San Cristóbal designó a Manuel Pineda como gobernador provisional.
Entonces hubo dos gobernadores. Dos capitales. Dos verdades enfrentadas. Y en medio de ese terremoto político, los chamulas de Jacinto Pérez se convirtieron en el peso decisivo de una balanza que nadie había pedido.
El obispo que los miró a los ojos
Mucho antes, en agosto de 1902, llegó a Chiapas un obispo que cambiaría la relación entre los tzotziles y los ladinos: Francisco Orozco y Jiménez. El sacerdote de Chamula, don Fortunato Argueta, supo que el prelado visitaría el pueblo antes de ir a San Cristóbal. Fue a buscar a Jacinto.
La noche caía sobre Saclamantón. Jacinto salió a su alto, gritó, y la montaña respondió. Al día siguiente, cuando eran aproximadamente las siete de la mañana, grupos de indígenas llegaron cargados de ramas, juncia, flores del campo y bejucos. Antes de las diez, la calle estaba regada de juncia y los arcos florecían.
El obispo habló con palabras sencillas. Dijo que ladinos e indígenas eran hermanos. Les regaló un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Después de años de rebeldía y hosquedad —la última sublevación indígena había sido en 1869—, los chamulas comenzaron, lentamente, a acercarse a los coletos. Jacinto y sus hombres fueron conocidos como «Los Rezadores». Cada quince días llegaban al Palacio Episcopal cargados de incienso, convencidos de que el obispo lo tomaba como alimento.
El 12 de mayo de 1911, aproximadamente mil chamulas llegaron a la Iglesia de Guadalupe a rezarle a la patrona de México. Varios políticos de San Cristóbal sabían de antemano que vendrían. Les distribuyeron medallas de la Virgen. Era un regalo con olor a voto. El acto fue tomando el nombre del obispo, pero sin su autorización.
Jacinto no sabía que ya estaba metido en el fango de la política. O quizás sí lo sabía, pero creía que podía manejarla como se maneja una montaña: con respeto, con gritos que se escuchan lejos, sin dejar que nadie pisotee lo sagrado.
En las montañas de Chiapas, donde la niebla se sienta a conversar con los pinos, existía un hombre que hablaba con el viento. Se llamaba Jacinto Pérez, pero todos lo conocían como ‘Pajarito’. No porque fuera pequeño: medía un metro setenta, casi un gigante entre los suyos, y su piel era más clara que la de la mayoría. Lo llamaban así porque su voz, desde lo alto de Saclamantón —el montón de piedras blancas—, llegaba más lejos que los gritos de cualquier cacique ladino.
Tenía aproximadamente 47 años en 1911. Llevaba siempre la cabeza envuelta en un pañuelo grande cuyas puntas, terminadas en una borla roja, le bailaban sobre la espalda. Hablaba español bastante bien, cosa rara en un chamula, y nunca tuvo abundancia de dinero. Sus ropas siempre fueron modestas. Pero cuando caminaba unos pasos hasta la cima de su alto y lanzaba al aire sus gritos de aviso, las órdenes viajaban de choza en choza, de montaña en montaña, en una cadena humana que recorría kilómetros en minutos. Así se organizaba un pueblo que los de abajo creían desorganizado.