La carta que nadie leyó

En octubre de 1869, cuando ya todo había terminado, los sacerdotes Feliciano J. Lazos y Manuel L. Solórzano enviaron una carta a los sublevados. La escribieron en español y en tsotzil. Decían cosas como estas:

«Si se presentan dentro de ocho días el gobierno los perdona, y si no se presentan, es seguro que los va a perseguir y van a morir, de bala o de hambre por estar huyendo… Los cabecillas los están engañando a ustedes y Galindo también los engañó; por eso han visto que han muerto muchos en la guerra, y no resucitan

Los indígenas, que creían que resucitarían al tercer día, fueron muriendo en combate y descomponiéndose bajo el sol. Ninguno resucitó.

Así terminó la guerra de castas de 1869 en Chiapas. Con un niño crucificado, un caxlán vestido de chamula, miles de muertos que no resucitaron, y una cueva en alguna montaña donde duerme, olvidado, el hombre que quiso ser dios.

Y los chamulas, en el ombligo de la Tierra, volvieron a sus milpas, a sus ovejas, a sus ollas de trementina, a llamar haragán a sus animales para que les creciera la lana.

Hasta la próxima vez que alguien encontrara piedras que bajaran del cielo.

Tan tan …
La carta de los sacerdotes Lazos y Solórzano, escrita en español y tzotzil, nunca fue escuchada por los rebeldes

El último chamula.

Pedro Díaz Cuscate, el fiscal que soñó con dioses de barro y sangre, el que crucificó a un niño para tener un Cristo propio, el que unió y destruyó, no murió de fusil ni de machete. Huyó del último combate, el 16 de julio de 1870, en Zizim. Murió de enfermedad en la montaña de Nugul-Pin, en 1870. Lo enterraron en el fondo de una cueva, tapiada, confundida ya con la pared de piedra. Hoy sería imposible encontrarlo.

Crescencio Rosas, el comandante que el diablo supuestamente abrazó, sobrevivió. Ascendió a coronel. Murió en San Cristóbal el 10 de enero de 1879, a la una y media de la tarde. Fue enterrado en el panteón municipal y trasladado al cementerio nuevo en 1907, en ceremonia a la que asistieron todas las escuelas. Siempre aconsejó a sus hijos que nunca siguieran la carrera de las armas.

La batalla
La batalla del Puente de Chamula fue una de las más sangrientas de la rebelión.

Los que quedaron

El 30 de junio de 1869, el gobernador Domínguez atacó Chamula con novecientos hombres y tres piezas de montaña. Los chamulas, dos mil, resistieron en las alturas, llamando con los sombreros a la tropa para que se acercara. Pero el fuego de artillería, la caballería de Vicente Solórzano y el valor de Crescencio Rosas acabaron por doblegarlos.

Ciento setenta muertos chamula. Ninguno del gobierno. Los sublevados se desbandaron.

El 4 de julio, el ayuntamiento de Chamula se presentó pidiendo gracia. Unos doscientos indígenas se rindieron.

Salvador Gómez Tuch’ní, un chamula que no había entrado en la lucha, fue nombrado presidente municipal y luchó contra los suyos. Capturó al general indígena Ignacio Coyazo Panchín y a cuatro capitanes más, que fueron fusilados el 25 de julio de 1869 en la misma plaza donde murió Galindo. Fosa común. Número 208.

Salvador se convirtió en héroe del gobierno, en gobernador de Chamula, en hombre de cinta roja que decía «Fiel al Gobierno«. Moriría de enfermedad en 1871.

Fusilamiento de Ignacio Fernández de Galindo y Benigno Trejo, Plaza Mayor de San Cristóbal, El 26 de junio de 1869

Los convenios rotos.

El 23 de junio de 1869, el gobierno de Chiapas declaró que los Convenios de Esquipulas no valían. Que no se podía negociar con bandidos. Que los delitos de asalto, plagio y sedición no se perdonaban.

Ignacio Fernández de Galindo, Benigno Trejo y Luisa Quevedo fueron juzgados. Galindo declaró que solo quería hacer un reconocimiento geodésico, que los indígenas lo recibieron con incienso, que no podía controlarlos porque algunos le obedecían y otros no, que deseaba alejarse pero temía que lo «machetearan». Dijo que su esposa se había echado al suelo de terror cuando vio “dragones”. Dijo que llevaba cohetes para venderlos o cambiarlos. Fue condenado a la pena de último suplicio.

El 26 de junio de 1869, a las cinco de la tarde, en la plaza mayor de San Cristóbal, Galindo y Trejo, todavía vestidos de chamulas, fueron fusilados frente a una fuente colonial. Los chamulas presenciaron la ejecución para llevar la noticia a su pueblo. Algunas balas desprendieron trozos del cráneo de Galindo que cayeron al agua de la fuente. Desde entonces, se dejó de beber de ella.

Fueron enterrados en una fosa común. El registro civil, con frialdad administrativa, anotó: «Ignacio Galindo y Benigno Trejo… pasados por las armas como criminales y jefes de la sublevación de indígenas

La carta
La batalla del Puente de Chamula fue una de las más sangrientas de la rebelión.

El día que casi todo termina

El 21 de junio, el gobernador Pantaleón Domínguez llegó con trescientos hombres. Cuscate, que había vuelto a Chamula, organizó a sus tropas en la serranía: siete mil hombres, quizás más, con hachas, luques, machetes, escopetas, piedras. Tenían certeza de que resucitarían a los tres días de morir. Galindo se los había prometido.

El comandante Crescencio Rosas avanzó con seiscientos hombres hacia el Puente de Chamula. Cayó en una trampa: los chamulas lo encerraron en un ángulo de la serranía. El subteniente Mariano Frías, borracho, cargó sin orden. Los indígenas, con la cabeza inclinada para ser menos blanco al disparo, se lanzaron al cuerpo a cuerpo antes de que los fusiles se recargaran.

Lo que siguió fue una carnicería. Los chamulas cortaban cuellos limpiamente con hachas y luques. Cien indígenas, divididos en grupos, perseguían a los fugitivos con bastones: los derribaban y el grupo siguiente los decapitaba. Los ebrios fueron los que más bajas sufrieron. Frías quedó con la cabeza a más de un metro de su cuerpo mutilado.

Los artilleros, que al principio huyeron del cañón, fueron salvados por un grupo de joveleños encabezados por José Antonio Larraínzar, que enfrentaron a los chamulas mientras los artilleros volvían a disparar. Mataron e hirieron a varios indios, pero también a algunos de los suyos. Finalmente, los chamulas cayeron.

El gobernador, persiguiendo a los derrotados, logró reincorporar a muchos. Cuando volvió al campo de batalla, los chamulas aún estaban allí, pero no supieron que habían ganado. Al caer la noche, ambos ejércitos se retiraron.

Setenta y dos muertos del lado de la ciudad. Cuarenta del lado chamula, aunque muchos heridos morirían después. Y el terror sembrado para siempre.

guerra de castas
San Cristóbal de las Casas se preparó para la guerra de castas que amenazaba con destruir la ciudad.

La ciudad que se armó de miedo

El 11 de junio de 1869, el padre Martínez —el mismo cura que meses antes había intentado disuadir a los chamulas— salió de Chamula en busca de Galindo. Iba con su hermano Carlos, el maestro Luciano Velasco, un sirviente llamado Crescencio N., y un niño chamula, Martín Gómez Tenico, que llevaba el paraguas del cura.

En el paraje llamado «El Encajonado«, se dieron cuenta de que eran perseguidos. El niño, primero en verlo, dijo: «Señor, ahí viene el caxlán a matarnos.»

Fueron alcanzados. El padre Martínez sacó su espada. El maestro disparó su pistola. Carlos empuñó el machete. Pero eran cinco contra mil. Galindo disparó al cura, que cayó de su caballo. Los indígenas lo despedazaron a hachazos. Los demás corrieron unos metros más, pero también fueron alcanzados, despedazados, destrozados por luques y hachas.

Solo sobrevivió el niño chamula, escondido entre matorrales, testigo de todo.

Cuando Galindo ordenó sepultar los cuerpos, se retiró con su horda. Y el pequeño Martín Gómez, horas después, llegó a Chamula para contarle a Rita Martínez, hermana del cura, lo que había visto.

La noticia de la matanza en Nichinbog —»Flor de ocote»— conmovió a San Cristóbal hasta el tuétano. Era una guerra de castas, y en esas guerras los indígenas no dejan con vida a los blancos ni a los mestizos. Todos los hombres en edad de pelear se armaron. Se fabricaron lanzas, se compró pólvora, se organizaron compañías por barrios. El jefe político José María Ayanegui, un patriota valiente y astuto, tomó el mando de la defensa.

El 17 de junio de 1869, mientras Galindo avanzaba con más de seis mil hombres hacia la ciudad, Ayanegui y el comandante Crescencio Rosas —un militar poblano de hierro, del que se decía que el diablo lo había abrazado de niño— salieron a encontrarlo.

En la finca Esquipulas, Galindo, vestido de chamula, montando el caballo negro del padre Martínez, pidió parlamento. Dijo que traía seis o siete mil indios para cubrir la ciudad e incendiarla con cargas de ocote. Ayanegui respondió con sangre fría que solo el jefe político podía negociar, y que él solo era un soldado que venía a vencer o a morir. Galindo, altanero, dio quince minutos.

Ayanegui llegó cabalgando con decenas de civiles armados. Frente a frente, negociaron. Propuso un canje: Galindo, su esposa y Trejo, a cambio de Cuscate y las dos santas. Galindo aceptó, aunque estuvo a punto de romper las negociaciones. Firmaron los Convenios de Esquipulas a las diez de la noche, a la luz de candiles de petróleo, mientras a lo lejos se escuchaba el rumor de miles de indios esperando la orden de atacar.

A las dos de la mañana, Cuscate y las santas fueron liberadas. Caminaron las cuatro calles de la plaza mayor, escoltados, para que los chamulas vieran que San Cristóbal tenía fuerzas. Luego fueron entregados. Galindo, su esposa y Trejo, en cambio, fueron conducidos al cuartel entre gritos de «¡Muera Galindo!». La ciudad se había salvado. Más de diez mil habitantes escaparon de la muerte.

caxlán barbado
Ignacio Fernández de Galindo, el "caxlán barbado" que se convirtió en líder de los chamulas.

El caxlán barbado

El 17 de mayo de 1869, cuando Cuscate yacía preso, un hombre blanco, barbado, de treinta y cinco años, salió de San Cristóbal en la madrugada. Se llamaba Ignacio Fernández de Galindo, era director del Colegio Científico y Literario, y llevaba consigo a su esposa Luisa Quevedo y a un joven discípulo, Benigno Trejo.

Se habían enterado de que los indígenas carecían de jefe. Y Galindo, que soñaba con gobiernos universales y mujeres con los mismos derechos que los hombres, resolvió convertirse en ese jefe.

Llegaron a la choza de Cuscate. Quemaron dos docenas de cohetes. La esposa de Cuscate, María Pérez Jonocot, dijo a los indígenas que aquel señor había bajado del cielo: era San Mateo. Su esposa, Santa María. Y Benigno Trejo, San Bartolomé.

Galindo, despojándose de sus ropas de caxlán, pidió ropa de chamula. En minutos vestía un chamarro negro, cinturón de gamuza, sombrero de fiesta. Los indígenas gritaron, saltaron, lo aclamaron. Y así, un ciudadano de la capital, convertido en santo por voluntad de una mujer astuta, se convirtió en jefe de miles.

Viernes Santo
El Viernes Santo de 1868, Domingo Gómez Checheb fue crucificado en la plaza de Tzajalemel.

Así nació la «nueva religión».

El 13 de febrero de 1868, el presbítero Miguel Martínez, cura de Chamula, se enteró de que sus feligreses habían fabricado un santo de barro y adoraban a una mujer dentro de una caja. Fue acompañado del maestro de escuela José Justo Luna. Entre los indígenas, los sacerdotes eran profundamente respetados. Tan respetados que los chamulas escondieron el muñeco de barro antes de que entraran.

El cura habló. Explicó. Ordenó que se disolvieran las reuniones. Los indígenas asintieron con sumisión, con esa sumisión que no es obediencia sino cortesía. Cuando el cura y el maestro se fueron, Cuscate sacó tres muñecos más de barro y dijo que Agustina los había parido. Ella lo confirmó. Y los chamulas, sin un instante de duda, creyeron.

El niño que fue crucificado

En San Cristóbal de las Casas, la antigua capital, los días del 8 al 11 de octubre de 1868 llovió tanto que el río se desbordó, derrumbó más de cuarenta y cinco casas y arrasó milpas. Cuscate supo aprovechar la desgracia: predicó que la inundación era castigo de los dioses, que habían bajado del cielo en forma de piedras, y que si los chamulas seguían sin rendirles culto, sus casas se hundirían y sus familias perecerían.

Los indígenas, entre el pánico y la fe, dejaron de comprar ganado para las fiestas de Todos Santos. Reunieron armas. Compraron pólvora en cantidades mayores a las de costumbre. La ciudad dormía sin saber que ya ardía la mecha.

La Semana Santa de 1868 llegó fría y silenciosa a Tzajalemel. Mientras en San Cristóbal el Santo Entierro de Cristo era venerado por centenares de indígenas, en Chamula apenas unos pocos asistieron. La razón era otra: Cuscate había planeado crear un Jesucristo indígena.

Les dijo a los chamulas que los blancos habían crucificado a uno de la propia raza, pero que ese Jesús no los protegía por ser de otra sangre. Propuso escoger un niño chamula, crucificarlo, y así tendrían un dios de verdad, uno que sí los amparara.

Elegido fue Domingo Gómez Checheb, un niño de unos diez u once años, hijo de Juan Gómez y de Manuela Pérez Jolcogtom —una de las «santas» de Cuscate. El niño no supo nunca que sus padres y su líder habían firmado su sentencia de muerte.

El Viernes Santo de 1868, en la plaza de Tzajalemel, entre gritos y música, entre incienso y borrachera, el pequeño Domingo fue arrastrado a la cruz. Se defendía. Pero varios indígenas lo sujetaron, lo clavaron de pies y manos, y mientras agonizaba, la muchedumbre cantaba. Las «santas» recogieron su sangre en cuencos. Algunos indígenas bebieron de ella. Quemaron incienso.

Pedro Díaz Cuscate, ante aquel cuadro dantesco, vio realizado su propósito: los chamulas ya tenían su propio crucificado. Nadie en San Cristóbal supo nada. El secreto fue guardado con una devoción terrible.

La religión popular
La religión popular indígena dio paso a figuras de barro que reemplazaron los símbolos coloniales.

En el ombligo de la Tierra —así se llamaban a sí mismos los chamulas, allá donde el aire es fino y el sol toca primero—, la vida pasaba lenta como la lana entre los dedos de las tejedoras. Eran gente de maíz, de frijol, de chile, de ovejas que nunca se comían porque les daban vergüenza a sus carniceros. Gente que creía que el maíz venía del vello púbico del astro solar. Gente que, para que las ovejas crecieran lanudas, las insultaban en voz alta al soltarlas: «¡Haragán!». Y su «chulel» el -alma- de la oveja,  herida en su dignidad, reaccionaba engordando su vellón. Así eran hasta que 1868 llegó con sus piedras azules.

 

Las piedra.

En las inmediaciones de Tzajalemel —»rojo y brillante», en la lengua de allá—, una mujer chamula llamada Agustina Gómez Checheb pastoreaba sus ovejas cuando encontró tres piedras de color azul oscuro, redondas, quietas, como dormidas. Dijo que habían bajado del cielo. Su madre, con absoluta credulidad, las guardó en su casa de bajareque.

Diecinueve días después llegó a Tzajalemel el fiscal de Chamula, Pedro Díaz Cuscate. Vio las piedras. Supo que «habían bajado del cielo». Y esa misma noche, en la oscuridad de su casa, las guardó en una caja. Dijo a los vecinos que las piedras tocaban la puerta queriendo salir. Nadie durmió. Rezaron hasta el amanecer.

La noticia corrió como el fuego en zacate seco. Cientos de chamulas llegaron con incienso, velas, juncia y flores del campo. Tzajalemel dejó de ser un paraje disperso para convertirse en santuario. Y Cuscate, que era astuto como el zorro y ambicioso como el huracán, tuvo una idea mejor: metió a la descubridora de las piedras —a la misma Agustina— dentro de una caja de madera, y desde allí ella respondía, en nombre de las piedras, las preguntas de los fieles.

La admiración llegó a su grado máximo. Bailaban, cantaban, rezaban. No dormían. Y poco después, Agustina ya no era Agustina: era la Madre de Dios.

La rebelión de las piedras que bajaron del cielo

"Cronología de los grandes
levantamientos sociales en Chiapas"