El Último Fuego
En noviembre de 1712, cuando ya se acercaba el fin, llegó a Ciudad Real don Toribio de Cosío, Presidente de la Real Audiencia de Guatemala, con ochocientos hombres bien pertrechados.
El 19 de noviembre quemaron San Martín. Al día siguiente, a mil metros de Cancuc, encontraron otra trinchera. Los soldados sufrían de sed. «Hijos, no hay otro remedio que vamos a beberla en Cancuc», dijo Cosío. Y el auditor Oviedo agregó: «Este es el ejército del milagro, busquen el agua…» Hallaron un pozo oculto con agua fresca.
Dentro de Cancuc estaba María Candelaria. La noche del 20 de noviembre, salió a bendecir la trinchera con un crucifijo. Al día siguiente, dijo misa y prometió a los suyos que la Virgen ofrecía la resurrección a los que murieran en la lucha. Y cuando caían, sus compañeros llevaban los cadáveres a la cueva de La Gloria, esperando que resucitaran.
La batalla fue de más de cinco horas. Los soldados avanzaban y retrocedían. Un joven tabasqueño se subió a un árbol y, mientras le pasaban escopetas cargadas, disparaba con una puntería letal.
Al final, don Nicolás de Segovia, desesperado, se lanzó al asalto espada en mano con veinticinco soldados. Cortó amarras con su espada. Pero un tseltal hirió de gravedad a don Juan de Corona con un chuzo. Segovia salió herido en la cabeza. La trinchera resistía.
Hasta que por la derecha, donde pocos combatían, los defensores abrieron paso. Un jefe indígena cayó herido en la mano y ordenó salir de las trincheras para rechazar el ataque cuerpo a cuerpo. Fue el error fatal. Los españoles los dividieron, los acorralaron por el oriente y por el camino de Oxchuc. Cancuc cayó.
Los soldados saquearon el pueblo. Se encontraron indígenas enfermos, hambrientos, comiendo yerbas. Los frailes pidieron una casa para curarlos y darles de comer. El presidente Cosío accedió.
El Fin de los Caudillos
Juan García, el caudillo cancuquero que había soñado con ser rey de los tseltales , cayó prisionero. Cuando lo conducían al patíbulo, le preguntaron a quién había dejado en su lugar. Con altivez respondió: «¿Dónde podría haber otro capaz de suplirme?»
El fraile Arias le insistía en que se arrepintiera. Juan García, en sus últimos momentos, «predicando como un apóstol, dio el alma a Dios». Pero antes, habló a todos para desengañarlos de las tramas de que habían sido víctimas.
María Hernández, madre de María Candelaria, también fue ahorcada. Pusieron su cabeza en el mismo paraje de la ermita donde todo había empezado.
Y María Candelaria, la joven que engañó a su pueblo y lo lanzó a la guerra? Simplemente se la tragó la tierra. Nadie la encontró. Don Toribio de Cosío ofreció perdonar tributos para siempre a quien la diera. Nadie pudo.
Tres años después, en 1716, tres indígenas de Yajalón salieron de caza. Uno de ellos, Tomás Gómez, se encontró con el padre de María Candelaria, su yerno, su hijo y su madre. Le contaron que María había muerto de parto quince días antes, y que la habían enterrado donde expiró, en la montaña de Chiguisbalán, el Palmar.
Tomás Gómez llevó la noticia al gobernador de El Palmar. Organizaron una partida. Capturaron a los parientes. Exhumaron el cadáver. Y el rey Felipe V confirmó la liberación de tributos para Tomás, como había prometido el Marqués de Torre Campo.
Así terminó la indígena que logró tener un gran poder temporal; poder tristemente sustentado en sangre, pero más triste aún si se piensa que perecieron tantos inocentes que no conocían las ambiciones del corazón humano.
Los que Quedaron
La rebelión dejó un paisaje desolador. Pueblos destruidos, familias refugiadas en los montes, gente hambrienta y enferma, con el recuerdo permanente de una lucha en que los indígenas sufrieron lo inexplicable, ya fuera en manos de los blancos o de sus propios hermanos de raza.
Los tributos de la provincia perdieron cinco años de cobro. Veinticinco pueblos quedaron empobrecidos.
Y el obispo Álvarez de Toledo? Su proceso concluyó el 14 de julio de 1724, cuando se presentó a renunciar ante el cabildo. Ya estaba «desatado el vínculo que lo unía a la iglesia de Guatemala desde el 20 de diciembre de 1723». Un año más tarde, el 4 de julio de 1725, murió a los 70 años, en la tierra donde había nacido.
Don Toribio de Cosío recibió el título de Marqués de Torre Campo en agosto de 1714. Dominó la sublevación, escribió la historia, y siguió su camino hasta Filipinas. Falleció de muy avanzada edad.
El fraile Juan Arias, el dominico guerrero, murió en Huixtán el 21 de marzo de 1713, precisamente en el pueblo donde demostró su arrojo.
Y los tseltales ? Seguían pagando tributos, sembrando maíz, y recordando.
La Memoria.
En 1743, treinta y un años después, las autoridades descubrieron que circulaban estampas de la «Virgen de Cancuc»: no era otra que María Candelaria, con un indio en los brazos y hábito de Santo Domingo. Los inquisidores las rastrearon hasta puertos donde comerciaban ingleses y holandeses. Los textos en holandés y francés decían cosas inquietantes: «Como somos no más que dos. Bien que nuestra nación es fuerte…»
El Santo Oficio ordenó recogerlas todas. Temían otra rebelión.
Y no fue hasta 1869 que los chamulas volvieron a levantarse en armas.
«Aquel movimiento fue el más violento y el único que tuvo características de una verdadera sublevación de indios en el período colonial centroamericano.»
— Severo Martínez Peláez
«Los soldados eran peores que los indios.»
— Un cronista de la época
En Ciudad Real y en Guatemala, todos los años, el 21 de noviembre, se cantaba misa de acción de gracias por la derrota de los zendales. Los vencedores celebraban. Los vencidos, en silencio, seguían viviendo en las mismas tierras donde un día creyeron que el cielo había bajado a defenderlos.
Porque la esperanza, aun cuando miente, sigue siendo la última que muere. Y en 1712, los tseltales tuvieron la esperanza de que alguien, por fin, escuchara su grito.
Tan Tan…
Generala de la Guerra
Cuando los vencedores regresaron a Ciudad Real, preguntaron a los prisioneros cómo era posible que tantos hubieran perdido contra tan pocos.
Los vencidos respondieron algo extraño: en la torre del templo había aparecido una señora de cuyas ropas partían balas y flechas que herían a los indígenas.
Llevaron a varios a la catedral. Todos señalaron a la Virgen de la Caridad como la dama de la torre. El rey de España, Felipe V, confirmó en febrero de 1715 que se celebrara anualmente una misa solemne en su honor, en Ciudad Real y en Guatemala.
Desde entonces, Nuestra Señora de la Caridad es Virgen Generala. Lleva banda bordada de generala, bastón de mando en la mano derecha, y en el brazo izquierdo al Niño Dios, al que la piedad popular le colocó un bastón de mando y un ámbar «para que no le hagan ojo».
El obispo Álvarez de Toledo cantó el Te Deum en una catedral cuyo piso estaba cubierto de juncia regada por los Joveleños.
Mientras tanto, los pueblos seguían en guerra.
La Virgen Baja a la Tierra
En 1712, en el pueblo de Cancuc, una joven indígena llamada María López —luego María de la Candelaria— dijo que la Virgen se le había aparecido. Venía del cielo, decía, para quedarse en el pueblo y ayudar a los indios. Pedía una ermita.
Los aborígenes, entre el hambre y la desesperación, obedecieron de inmediato. A mediados de junio, la ermita ya estaba lista: seis metros y medio de largo, cuatro de ancho, de bajareque, a trescientos cincuenta metros del pueblo. Nadie le había pedido permiso al fraile Simón de Lara.
Cuando el cura llegó e interrogó a María, la muchacha, atemorizada, dijo la verdad: su madre, María Hernández, le había enseñado qué decir. Su padre había puesto una cruz en el lugar, y luego los creyentes afirmaban que había caído del cielo rodeada de rayos.
El padre Lara pidió que desbarataran la ermita. Los cancuqueros le rogaron que la dejaran en pie. Les serviría, dijeron, para fabricar ladrillos. La fe y la supervivencia se confundían en una misma respuesta.
El obispo Álvarez de Toledo, enterado, interrogó a los indígenas en Chamula. Ellos confesaron sin adornos: la cruz la había hecho un carpintero de Cancuc, a petición de las autoridades indígenas. Hasta aquí, todo parecía un episodio más de los falsos milagros que desde 1708 habían sacudido la región.
Pero en Cancuc no se olvidaron. Se molestaron al saber que sus autoridades habían sido detenidas en Ciudad Real. Y cuando estos hombres lograron fugarse y regresar, proclamaron que ellos eran las verdaderas autoridades religiosas, que debían actuar sin temor, y que la ermita debía seguir.
Pocos días antes, al padre Lara le habían advertido: si seguía en el pueblo, todo estaba preparado para quitarle la vida. El fraile huyó a Tenango. Allí, un indígena leal le susurró que ni allí estaría a salvo: los cancuqueros ya habían convenido en ir a matarlo.
Entonces Cancuc quedó sin fraile. Y los rebeldes tomaron las riendas.
Con la ermita funcionando y la noticia del milagro corriendo de boca en boca como un río desbocado, los pueblos tseltales comenzaron a moverse. Unos por la novedad, otros por fe, muchos más por la promesa de que alguien, por fin, defendía a los indios.
Llegaban grupos de todos los rumbos. Y los frailes, alarmados, escribieron a Ciudad Real pidiendo que sofocaran el movimiento antes de que fuera tarde.
Pero las autoridades de la capital perdieron días preciosos sin intervenir. Y cuando lo hicieron, el fuego ya era un incendio.
Sacerdote de Petate
Entre los tseltales surgieron líderes inesperados. Sebastián Gómez, un indio «humilde en su nacimiento», se hizo llamar don Sebastián Gómez de la Gloria. Dijo que había subido al cielo, que San Pedro le había dado poderes para ordenar sacerdotes y obispos, y que había bajado rodeado de resplandores. Quizás por eso agregó el «de la Gloria» a su nombre.
Su ritual de ordenación era simple: cuatro velas en las esquinas de la ermita, una cruz y una vela en la cabeza del elegido, otra en el pecho. Gómez murmuraba oraciones imposibles de entender, echaba agua bendita —según él— y listo: el fiscal de un pueblo, si apenas sabía leer y escribir, ya era sacerdote.
Cuando le preguntaban qué había dentro del envoltorio que usaba en las ceremonias, respondía sin dudar: «El propio San Pedro está dentro.»
Los «obispos» tenían ritual más exigente: 72 horas de ayuno, arrodillados frente a una vela encendida. Si la vela se apagaba o no resistían, debían morir. Felizmente para ellos, todos resistieron. Y cuando la llama se extinguía, ya quedaba consagrado el nuevo obispo tseltal.
El 10 de agosto de 1712 hubo fiesta en la ermita. Los frailes habían rogado en todos los tonos que no asistieran. Nadie les hizo caso. Ni siquiera en Cancuc el padre Lara logró ser obedecido.
Al día siguiente, los rebeldes resolvieron sujetar a los pueblos que aún no apoyaban a la sublevación. Mandaron dos mil «soldados de la Virgen» contra Chiloón.
Los españoles, bajo el mando de Pedro de Ordóñez, acabaron refugiados en la iglesia. Los tseltales les ofrecieron amistad a cambio de sus armas. Los blancos, creyendo que no llegarían vivos a Ocosingo si huían, entregaron las armas.
Los indígenas se lanzaron con ciego furor. Muchos españoles cayeron dentro de la iglesia, dejando el piso tinto de sangre. Otros subieron al campanario y fueron arrojados desde arriba. En el atrio, algunos sublevados ponían las lanzas con la punta hacia arriba, esperando que cayeran sobre ellas. El padre Villena pereció entre grandes martirios: le quitaron la carne a pedazos, lo azotaron, lo quemaron.
Algunos pocos se salvaron. Entre ellos, los padres Nicolás Colindres y Rafael.
La Batalla que lo Cambió.
El 25 de agosto de 1712, unos cuatro mil indígenas rodearon Huixtán. Eran aproximadamente las ocho de la mañana.
Los defensores, apenas ciento cuarenta hombres bajo el mando de don Fernando Monge, ocupaban el cementerio y el convento. El fraile Juan Arias, un dominico de veintiún años de ordenado que había aprendido a hablar tseltal, propuso construir parapetos. Y dio ejemplo, llevando vigas y planchones con sus propias manos.
Cuando los indígenas avanzaron, el padre Arias empuñó las armas y encabezó una salida. Disparó, luchó, y los tseltales retrocedieron.
Luego vino un acto de locura y coraje. El sargento Juan Ángel cayó herido. Un indígena moribundo se aferró a sus pies con tenazas humanas, y otros lo arrastraron. Entonces Pascual Cuéllar, un hombre de gran presencia de ánimo, saltó la trinchera con su escopeta y un alfange. Abrióse paso entre los sublevados como un demonio, matando e hiriendo, con la ropa enrojecida de sangre enemiga, hasta rescatar a su amigo.
Pero la batalla decisiva llegó cuando don Pedro Gutiérrez de Mier y Terán, el nuevo Alcalde Mayor, partió de Ciudad Real con refuerzos. El 20 de agosto, a las doce del día, salieron. Iban frailes y broquel, y por primera vez el escudo de San Cristóbal se veía entre el humo de la pólvora.
Los chiapanecos que venían como auxilio pidieron ir a la vanguardia. Su gobernador, Agustín Jiménez, gritaba: «¡Viva el Rey, viva la fe en Dios, mueran estos idólatras!» Y cuando el enemigo atacó, ordenó a todos empunar el machete. Ciento cincuenta hombres se lanzaron como fieras sobre los tseltales .
La derrota fue de los rebeldes. Huixtán se salvó. Y los indígenas que huían, en el puente del río Yoc-chig, cayeron cincuenta al fondo pedregoso porque el puente había sido desbaratado y solo quedaba un tronco.
Dicen que la historia la escriben los que ganan. Pero a veces, en las grietas del relato oficial, asoman los ojos de los vencidos.
Así fue en las tierras altas de Chiapas, cuando los tseltales, hastiados de siglos de tributos y de lágrimas, decidieron que ya no más.
El Obispo que Cambiaba de Nombre
En 1708, cuando las sombras de la colonia pesaban como piedra sobre los pueblos indígenas, llegó a Chiapas un hombre que la historia recuerda como fray Juan Bautista Álvarez de Toledo, aunque en realidad se llamaba Juan Álvarez del Castillo. Cambió su apellido, dicen, para emparentar con los duques de Alba. La ambición, ya se sabe, no conoce de límites ni de vergüenzas.
Este fraile mercedario, doctor en Teología, amaba el dinero con una pasión que el Evangelio no autorizaba. En Guatemala había extorsionado a sacerdotes chantajeándolos con sus pecados. En Chiapas, la codicia le dio alas: reunía mulas que le regalaban los fieles y, al juntar cien, las revendía a los mismos que se las habían dado. Quitaba objetos de plata de los templos para volver a venderlos a los templos. Compraba casas en seis mil pesos y las vendía a ocho mil. Era, en resumen, un comerciante con sotana.
Los tseltales sabían quién era el culpable de sus males. Lo gritaban en todos los tonos: el obispo.