Pensando que la región ya estaba pacificada, Luis Marín regresó al centro de México. Se equivocó; los pueblos indígenas volvieron a levantarse. Por ello, en 1528, Hernán Cortés envió a un hombre de mano dura: el capitán castellano Diego de Mazariegos.
El nacimiento de una ciudad en las alturas
Mazariegos entendía perfectamente la lógica imperial: para controlar un territorio no bastaba con ganar batallas, era necesario fundar una ciudad para garantizar el gobierno, los impuestos y el comercio.
Su primer intento formal ocurrió el 1 de marzo de 1528 a orillas del río Grijalva, donde firmó el Acta de Fundación de la Villa Real de Chiapa (la actual Chiapa de Corzo). Sin embargo, los conquistadores comenzaron a sentirse incómodos en aquel lugar debido al calor sofocante, las enfermedades de las ciénegas y las constantes amenazas de inundación. Buscando un clima más favorable, decidieron subir hacia las montañas.
Ascendieron por senderos empinados, rodeados de bosques densos y neblina, hasta que sus ojos descubrieron el Valle de Jovel. Para su sorpresa, encontraron un clima frío y templado muy parecido al de España, abundante agua, excelentes pastizales y montañas que servían como protección natural.
Las crónicas de la época aseguran que el valle parecía prácticamente deshabitado. Antiguas leyendas indígenas contaban que, siglos atrás, el valle estuvo cubierto por una enorme laguna, obligando a los primeros habitantes a refugiarse en las alturas del Ehécatltepetl, Zinacantepec y Moxviquil —historias que los vestigios arqueológicos actuales parecen respaldar—.
Para Diego de Mazariegos y sus hombres, el lugar era idóneo. Frente a ellos se extendía el valle perfecto para edificar la joya colonial que, a pesar de cambiar de nombre durante los siguientes cuatrocientos años, jamás perdería su alma indígena: el eterno Valle de Jovel.
Si desenterramos el pasado cronológico de la ciudad, nos encontramos con un impresionante desfile de identidades:
Jovel / Tzequil / Hueyzacatlán: Los nombres originarios que hacían referencia a sus nubes, sus verdes paisajes y sus zacatales, y que los pueblos indígenas y oriundos seguimos usando hasta el día de hoy.
Villa Real de Chiapa (31 de marzo de 1528): El nombre fundacional que el conquistador Diego de Mazariegos le dio en honor a su tierra natal, Ciudad Real, en España.
Villa Viciosa (21 de junio de 1529): Un cambio efímero y hostil impulsado por Juan Enríquez de Guzmán durante un juicio de residencia contra Mazariegos.
Villa de San Cristóbal de los Llanos (11 de septiembre de 1531): El primer vuelco religioso, dedicando el territorio a San Cristóbal Mártir.
Ciudad Real de Chiapa (7 de julio de 1536): El título oficial de ciudad otorgado por el rey Carlos V. Este se convirtió en el nombre colonial más importante y duradero.
San Cristóbal (27 de julio de 1829): Tras la Independencia de México, se eliminó el término “Real” para romper cualquier lazo con la monarquía española.
San Cristóbal de Las Casas (31 de mayo de 1848): Se agregó «de Las Casas» como un homenaje a Fray Bartolomé de Las Casas, el gran defensor de los indígenas.
Ciudad Las Casas (13 de febrero de 1934): Durante el periodo anticlerical posrevolucionario, el gobierno eliminó las referencias religiosas de los mapas.
San Cristóbal de Las Casas (4 de noviembre de 1943): Finalmente, el gobernador Rafael Pascacio Gamboa restituyó el nombre oficial que ostenta con orgullo hasta nuestros días.
El eco de las primeras batallas
La verdadera fundación de la ciudad no comenzó con planos ni discursos, sino con el estruendo de la guerra. En 1524, apenas tres años después de la caída de Tenochtitlán, los españoles iniciaron las expediciones militares para someter el territorio chiapaneco. Chiapas era una región estratégica: un territorio montañoso, rico en recursos y habitado por pueblos indígenas indomables que defendían con ferocidad su autonomía.
La primera campaña, liderada por Luis Marín, fracasó rotundamente debido a las dificultades del terreno y la intensa resistencia indígena. Los españoles tuvieron que retirarse y organizar una segunda expedición mejor armada, entrando por la ruta de Tabasco y Coatzacoalcos.
Tras violentos combates en Iztapa y en la región de los soctones (lo que hoy es Chiapa de Corzo), las fuerzas españolas lograron imponerse. Al ver la derrota de los temidos chiapanecas, pueblos vecinos como Zinacantán, Copanaguastla, Pinola y Gueguistlán aceptaron pactar la paz. Pero Chamula no se rindió fácilmente; los chamulas pelearon con una fuerza descomunal defendiendo sus montañas, aunque finalmente terminaron siendo sometidos.
Los pueblos mayas tzotziles y tzeltales ya habitaban y convivían en este fértil valle siglos antes de la llegada de los europeos. Para ellos, este era un espacio estratégico y sagrado, custodiado por montañas protectoras como el Tzontehuitz, Huitepec, Ehecatepetl y Moxviquil. Los tzeltales lo llamaron Jovel, que significa «El lugar del zacate pajón» ; los tzotziles lo conocían como Tzequil, o «Hoja verde» ; mientras que los mexicas y pueblos nahuas que pasaron por la región lo bautizaron como Hueyzacatlán, «Junto al zacate alto».
De todos ellos, Jovel es el nombre más breve, profundo y resistente. Es la palabra que los oriundos de la ciudad verdadera seguimos pronunciando, porque debajo de San Cristóbal, siempre ha seguido existiendo Jovel.
Una identidad forjada a través de los nombres.
La historia de esta ciudad no puede entenderse simplemente como la fundación de un asentamiento español. En realidad, es la crónica de un territorio que cambió de piel una y otra vez. Cada nombre que recibió a lo largo de los siglos representó un proyecto político y social distinto: la conquista, el dominio colonial, la evangelización, la independencia, la república y, finalmente, la recuperación de la memoria histórica.
En medio de las montañas de los Altos de Chiapas, existe un valle cubierto por la neblina donde los amaneceres despiertan entre el sonido de las campanas y el aroma de los bosques de pinos. Hoy lo conocemos como (Jovel — San Cristóbal de Las Casas), una ciudad de calles empedradas, paredes de adobe, techos de tejamanil, conventos dominicos y plazas coloniales. Sin embargo, mucho antes de que se colocara la primera teja colonial, este territorio ya tenía memoria.